José Carlos Cataño

José Carlos Cataño

n. 1954 -- --

José Carlos Cataño es un poeta español cuya obra se caracteriza por una profunda reflexión sobre el lenguaje, la identidad y la condición humana. Su poesía explora la capacidad de las palabras para nombrar y, a la vez, para ocultar la realidad, tejiendo un discurso donde lo lírico se entrelaza con lo filosófico y lo autobiográfico. A lo largo de su trayectoria, ha demostrado una maestría en el manejo del verso y una sensibilidad particular para captar las sutilezas del sentir y del pensar. Su obra se inscribe en la tradición de la poesía reflexiva y experimental, buscando constantemente nuevas formas de expresión que se adecúen a la complejidad del mundo contemporáneo. Cataño es reconocido por su rigor estilístico y por la profundidad de sus interrogantes existenciales, que resuenan en un lector que se enfrenta a las mismas inquietudes vitales.

n. 1954-01-01, San Cristóbal de La Laguna

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El hombre de Montevideo

Ahora eres viejo y resides al lado de la luna, justo en medio del Atlántico.
Recitas de memoria para viejas damas y, mientras cabecean en la chaise longue, tus ojos están en otra parte.
Como de joven, libras los domingos y viajas a provincias. Tus pasos de incógnito miden balcones sombríos, habitaciones de damasco donde, entre jarrones con violetas, copas de anís sobre la alfombra, los amantes de toda la vida andan en lo suyo. Vuelvo a oír tu imprecación:
-Hommes, soyez corrects! ô femmes, minaudez!
Pero déjalos en paz. Que lo repugnante no es el amor que sobrevive en la humedad de lo remoto, sino los encuentros a plena luz, el temple de los varones, la resolución de las señoras, los coitos sin remordimiento.
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Poemas

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El hombre de Montevideo

Ahora eres viejo y resides al lado de la luna, justo en medio del Atlántico.
Recitas de memoria para viejas damas y, mientras cabecean en la chaise longue, tus ojos están en otra parte.
Como de joven, libras los domingos y viajas a provincias. Tus pasos de incógnito miden balcones sombríos, habitaciones de damasco donde, entre jarrones con violetas, copas de anís sobre la alfombra, los amantes de toda la vida andan en lo suyo. Vuelvo a oír tu imprecación:
-Hommes, soyez corrects! ô femmes, minaudez!
Pero déjalos en paz. Que lo repugnante no es el amor que sobrevive en la humedad de lo remoto, sino los encuentros a plena luz, el temple de los varones, la resolución de las señoras, los coitos sin remordimiento.
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En Zanzíbar no hay trabajo

Carece de importancia cómo dicen que me llamo.
Carece de importancia la reputación que me sostiene. El primer cuerpo con que tropiece será el primero y el más hermoso, si no quiero morir bajo un montón de lealtades.
El auténtico perdedor debe de ser un ganador nato, pues sólo así se entiende la insistencia, la meticulosidad que pone en la derrota. Nada, nada es en vano. Todos cumplen con su deber, todos tienen razón. Soy lo que me he dejado hacer y valgo lo que la longitud de un sable.
Después de todo, la vida es un puente hacia la verdad, cuyo peso se enamora del abismo.
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