Lista de Poemas

El museo de cera

No se atrevió a decirle que había contemplado largamente su réplica en cera, y que había acariciado, también, sus muslos fríos, por encima de las manos huesudas del pianista, en el silencio sepulcral de la sala de música, un silencio que había tragado, hacía un tiempo, las notas de un aria de Verdi, y que había devorado, además, su repentina interrupción, y los suspiros, las palabras entrecortadas, el roce de los dedos, hasta que el leve crujido de la puerta, la sensación imperceptible de una corriente de aire, les había advertido. Le confesó, en cambio, que después de recorrer aquellos escenarios, había caminado sin rumbo alguno, por callejuelas de casas chatas, pintadas de verde y de naranja, donde había niños que jugaban con pelotas de trapo, música de organillos, y putarracas gordas, de jamones al aire, sentadas en las veredas en sillas de paja, con ánimo de escapar de la eterna tertulia del club, y observando, con sorpresa, pero ahora, curiosamente, sin la menor alarma, con perfecta indiferencia, cómo cundían en los muros las proclamas y las consignas de los partidos revolucionarios.
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El orden de las familias

Antes de dormir, en la habitación oscura, pienso en los racimos de mujeres asomadas a las ventanas. Los vestidos se abren y surgen los pechos turgentes, los vientres redondos, marcados por la fatiga. Me hago la idea de levantarme y partir otra vez a buscarlas. Podría pagar con un cheque. Pienso después en la balsa, en el agua tranquila y engañosa, en tus chillidos. Avanzas en la oscuridad, en el traje de baño de entonces. Tus muslos duros, blancos, en contraste con la tela negra y elástica. La verdad, no voy a salir; prefiero hundirme en la cama y esperar que llegues. Pero no llegas nunca. Te demoras interminablemente en llegar. La otra noche entró mi madre, tartamudeando, fétida a alcohol, indignada contigo porque no vienes a visitarla nunca . -No es muy agradable venir a esta casa de visita-, le dije, y soltó el llanto. Sollozaba y se estremecía entera. Me dio pena, pero tuve que expulsarla de la habitación para que me dejara dormir. En vez de dormir, permanecí con los ojos abiertos en la oscuridad, esperándote. Igual que ahora. A sabiendas de que no ibas a llegar, de que la oscuridad permanecería idéntica, deshabitada, sin engendrar milagros.
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